Dicen que la sangre es más espesa que el agua; construye lazos tan fuertes como cadenas de acero o tan frágiles como papel de arroz.
La sangre nos define, nos clasifica, nos une, nos divide, nos bendice y nos maldice.
Personalmente, creo que hay algo inquietantemente especial y maravilloso en los lazos que se crean fuera de una relación sanguínea y genética.
Duele más el compañero elegido desde el corazón o aquel que la vida y la sociedad dicen que debes amar porque corre la misma sangre por sus venas.