Las plantas tienen memoria, al igual que los animales. Aunque carecen de sistema nervioso o cerebro, poseen la notable capacidad de registrar, integrar y recordar señales procedentes de su entorno. Esta memoria vegetal les permite ajustar con precisión sus respuestas fisiológicas, bioquímicas y morfológicas ante las limitaciones abióticas y bióticas, lo que garantiza su supervivencia y adaptación en entornos sometidos a condiciones ambientales variables y, a menudo, severas. Esta memoria, denominada 'memoria ambiental', se basa en una compleja combinación de mecanismos moleculares, epigenéticos y metabólicos que confieren a las plantas una forma de 'plasticidad adaptativa'. Al retener el rastro de acontecimientos pasados -sequía, estrés salino, ataques de patógenos o variaciones de luz-, las plantas optimizan sus reacciones futuras, a veces durante varias generaciones. Lejos de ser pasiva, la memoria vegetal constituye una estrategia ecológica silenciosa, sutil y eficaz, mediante la cual las plantas regulan su desarrollo e interactúan con su entorno.