La primera pregunta que registra la Biblia es: ¿Dónde estás tú? Esta pregunta está, en sí misma, llena de interrogantes. Dios sabía dónde estaba exactamente Adán, pues Dios no tiene preguntas para sí; sus preguntas son aquellas que el hombre necesita responder para volver en sí, para recuperar su sentido y adquirir cordura: porque lo humano sin Dios deviene inhumano.
El autor titula la obra El hombre frente a Dios, porque cree que puede ser el principio de una respuesta individual a aquella pregunta antigua, ¿dónde estás tú?, cuyo eco se va repitiendo en cada ser humano. Esta pregunta se puede formular de otra manera: ¿Estamos frente a Dios o de espaldas a Él? No hay un término medio ni una tercera opción. O Dios o la nada. La pregunta primera da vértigo y nos impele a decidir. También el título es respuesta; porque al contestar la pregunta tanto me dice dónde estoy como me interpela sobre ello si no estoy allí.