Hay frases que se quedan viviendo en la cabeza mucho después de que la voz que las decía ya no está.
"Por la luz que me alumbra", juraba su madre cuando quería que le creyeran.
En estos relatos, el autor vuelve a escuchar esa voz. Lo hace a través de escenas que quedaron grabadas con una claridad extraña: los asados de los domingos, los viajes al interior, las derrotas cotidianas, la rotisería familiar donde todo parecía empezar y terminar, las despedidas que marcan las relaciones y los besos de una madre capaces de ordenar el mundo por un instante.
Desde un pueblo del sur de Misiones hasta los barrios de Londres, pasando por el conurbano bonaerense y la ciudad de Buenos Aires, las casas, las veredas y las calles se vuelven escenarios donde la memoria vuelve a suceder.
No se trata de una historia lineal, sino de escenas que dialogan entre sí a través del afecto, la ausencia y el paso del tiempo. Cada relato es una forma de regresar, de agradecer, de entender y, quizás, de sanar.
La obra propone una conversación íntima entre pasado y presente, donde la memoria no solo recuerda, sino que resignifica, enlaza y abraza lo vivido.
Porque hay historias que no se escriben solo para recordar.
Se escriben para seguir escuchando.